Las giras de Claudia Sheinbaum para presentar sus informes regionales abandonaron cualquier barniz institucional. Lejos de ser ejercicios de rendición de cuentas, los actos públicos se han transformado en escenarios de presión política contra los gobiernos locales. Para los mandatarios estatales, la visita presidencial plantea una disyuntiva tramposa: someterse a los abucheos de las porras organizadas en el templete o asumir el costo político de no acompañar a la presidenta. La lección quedó clara en Guanajuato, donde la gobernadora Libia Dennise García aceptó la cortesía del presídium solo para recibir una rechifla coordinada que obligó a la propia mandataria federal a solicitar un respeto tan formal como inútil ante la marea guinda.
Frente a la emboscada, el gobernador Pablo Lemus fue el primero en marcar una distancia estratégica: cumplió con la cortesía republicana de recibir institucionalmente a la presidenta, pero declinó subir al escenario. Ese precedente trazó una ruta que otros gobernadores de oposición imitaron, como Samuel García y Mauricio Kuri, para no prestarse al linchamiento coreografiado.
Lo revelador del fenómeno es que el estruendo de la plaza no refleja la opinión ciudadana, sino la disciplina del acarreo. De acuerdo con Consulta Mitofsky, mientras la presidenta aventaja por más de 20 puntos a mandatarios de su propio partido en estados como Tabasco o Veracruz, y por más de 30 a Evelyn Salgado en Guerrero —además de registrar un empate técnico en Guanajuato—, Jalisco representa una excepción en todo el país: es la única Entidad donde la gestión del gobernador está mejor evaluada que la del Ejecutivo federal, situándose siete puntos por encima. Las rechiflas, por tanto, no juzgan resultados de gobierno; solo miden la capacidad de movilización de las tribus morenistas.
Ahí radica el verdadero trasfondo de la pasarela. Los informes no se concibieron para dialogar con la sociedad, sino para que Palacio Nacional tome el pulso a las facciones locales de cara a las próximas definiciones electorales. Al mismo tiempo, el despliegue le permite a Sheinbaum afianzar su autoridad territorial y refrendar un mando propio frente al pulso que mantiene con el expresidente López Obrador y sus huestes dentro del partido.
Disfrazada de itinerario republicano, la gira es la auténtica encuesta del régimen: un aplausómetro donde los aspirantes guindas se juegan su futuro en el agravio de las autoridades locales. Negarse a subir a esa tarima no fue un desplante, sino un acto elemental de dignidad que desnudó la farsa: ningún gobernante tiene por qué prestarse como comparsa en un teatro montado para dirimir los conflictos internos de Morena.