El problema no es el teléfono celular; el problema es lo que hacemos y dejamos de hacer con esa herramienta. Lo digo por la división de opiniones que se ha generado tras el anuncio de la restricción del uso de los smartphones en las escuelas primarias y secundarias del país.
Lo que escribo puede parecer una verdad de Perogrullo, pero necesitamos educar y educarnos en el uso del tan mentado celular que llegó a nuestras vidas y permanecerá para siempre con nosotros, aunque sea con múltiples adecuaciones.
El problema es que el teléfono celular es un auténtico distractor, y eso dificulta las labores de enseñanza en las escuelas y en la vida cotidiana. Porque hay que ser sinceros: absolutamente todos hemos tomado nuestro teléfono para hacer una llamada, enviar o revisar un mensaje, y acto seguido terminamos metidos en redes sociales, o viendo videos, o buscando saber qué pasó finalmente con la cadera de Alejandra Guzmán, o jugando “sólo un ratito” el Candy Crush o aplicaciones similares.
Si los que se supone somos adultos responsables terminamos distraídos con el celular, qué podemos esperar de los menores de edad. Perfectamente imagino cómo sería un salón de clases si los alumnos tuvieran su celular a la mano.
Lo que necesitamos hacer tanto en la escuela como en la casa, es comenzar a utilizar nuestro smartphone para algo más que entretenernos. Y entonces cambiarán las cosas.
Podemos buscar libros de todo tipo en las aplicaciones. Podemos mirar videos culturales y educativos. Podemos acostumbrarnos a buscar en nuestro dispositivo dudas serias sobre cuestiones cotidianas. Podemos tomar cursos, descargar herramientas funcionales, informarnos… Y para ello es importante forzarnos a hacerlo. Como padres de familia tendríamos que ver con nuestros hijos qué más podemos hacer con el smartphone además de ver memes y charlar con los amigos. Y nosotros hacer lo mismo.
El teléfono celular seguirá en nuestras manos por muchos años. Por eso es fundamental que se convierta en una herramienta, en una ayuda, y no sólo en un distractor. Y si necesitamos restringir su uso, que sea así, pero sin satanizarlo. Lo ideal es aplicar reglas que se convertirán en costumbres.