Hay frases que retratan una política pública mejor que 100 discursos. Mario Delgado acaba de pronunciar una de ellas al explicar que el objetivo educativo es formar “ciudadanas y ciudadanos integrales que defiendan la soberanía nacional y el bienestar humano”.
El problema no es hablar de soberanía, valores o ciudadanía. El problema aparece cuando esos conceptos ocupan el centro del discurso educativo, mientras las preguntas incómodas siguen siendo las mismas: ¿Qué tanto leen nuestros estudiantes?, ¿qué tanto comprenden lo que leen?, ¿qué tan bien resuelven problemas matemáticos?, ¿qué tan capaces son de utilizar la ciencia para entender y transformar su realidad?
Una escuela pública no puede convertirse en una fábrica de discursos. Su primera obligación es enseñar. Enseñar a leer, escribir, calcular, investigar, razonar, cuestionar y comprobar. Después vendrá todo lo demás.
México arrastra este problema desde hace décadas. Gobiernos de distintos colores han reformado planes, cambiado libros, creado programas, desaparecido otros y rebautizado modelos, pero la crisis fundamental permanece: el país no ha conseguido garantizar aprendizajes sólidos y homogéneos para todos.
Los datos internacionales son difíciles de maquillar. En PISA, México quedó muy por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Mientras tanto, Singapur obtuvo los mejores resultados entre los participantes.
Y aquí está la lección: Singapur no construyó ese desempeño alrededor de consignas políticas. Su sistema pone enorme atención en la preparación docente. En la última Encuesta Internacional sobre Enseñanza y Aprendizaje de la OCDE (TALIS), 88% de sus profesores consideró alta la calidad de su formación inicial.
Ése debería ser el espejo.
Y no se trata de copiar a Singapur. Se trata de replicar lo que funciona: profesores mejor preparados, formación continua, exigencia académica, evaluación seria, dominio de matemáticas y lectura, ciencia desde edades tempranas y una cultura que premie el conocimiento.
La soberanía no se defiende con alumnos que repiten consignas. Se defiende con ciudadanos capaces de detectar una mentira, interpretar una estadística, entender una evidencia científica y pensar por sí mismos.
Éste es el aprendizaje que México sigue posponiendo: un país fuerte no necesita estudiantes obedientes. Necesita estudiantes capaces.
Si de verdad se quiere transformar la educación, la recomendación es sencilla: mirar hacia los sistemas que consiguen aprendizajes medibles y adaptar sus prácticas a la realidad mexicana. Menos retórica y más matemáticas. Menos narrativa y más lectura. Menos discursos sobre el futuro y más ciencia para construirlo.