Alguien tuvo que ceder, y en este caso fue el Gobierno de Jalisco. Haber insistido en mantener un ambiente tenso, poco sano, por el tema de la actuación policial del pasado domingo en una manifestación ciudadana, simplemente causaría más daño al Estado, y a la figura del gobernador. Y vaya que les estaba costando.
La decisión de Pablo Lemus de que el gobierno asuma por completo la culpa de la violencia en la manifestación contra la mala calidad del agua es la correcta en medio de un mar de reclamos y declaraciones en redes sociales y medios de comunicación. Y no se trata solo de cuidar la figura del gobernador. Se trata de evitar que sobre Jalisco siga cayendo un desprestigio que no se merece.
Tal vez nunca sepamos a ciencia cierta cómo se dio la orden de actuar contra los manifestantes. Tal vez tampoco sepamos nunca si hubo instrucciones de personas ajenas a Jalisco (o dentro del Estado) para provocar lo que finalmente sucedió. Lo que sí sabemos es que Jalisco no es un Estado represor, ni que sus ciudadanos son violentos por naturaleza.
Si Lemus Navarro dice que hubo abuso policial, es porque fue evidente, primero, y además porque desde su cargo tiene la posibilidad de enterarse de más detalles que los que conocemos fuera de Casa Jalisco. Lo correcto es investigar y castigar por lo menos a la parte policial involucrada. Esa es la obligación de la autoridad, por más difícil que les resulta. Más allá de eso será prácticamente imposible hacer verdadera justicia.
Si de los errores se aprende, estamos ante una gran oportunidad de ello. Expertos en temas de seguridad han señalado esta semana que en Jalisco se hizo en el gobierno de Enrique Alfaro un protocolo de la actuación policial en torno a las manifestaciones… y que ese documento se quedó archivado. Qué mejor momento para buscar a sus creadores para revivir esa herramienta y, lo más importante, ponerla en práctica.
Alguien tuvo que ceder y fue el gobierno estatal. Es momento de que Jalisco intente recuperar la unidad y que se haga valer esa frase grabada en el frontispicio del Teatro Degollado: “Que nunca llegue el rumor de la discordia”.