Hay gobiernos que resuelven problemas y otros que organizan consultas para averiguar cuáles son. La Cuarta Transformación pertenece, cada vez más, a la segunda categoría: convierte la incompetencia en espectáculo, la demagogia en método y la estupidez burocrática en una forma de gobernar.
Andrés Manuel López Obrador hizo de las consultas populares una de sus herramientas favoritas para disfrazar decisiones políticas de ejercicios democráticos. Ahora, sus herederos parecen empeñados en perfeccionar esa fórmula del absurdo.
La última ocurrencia fue consultar a los trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) para saber si aceptaban un aumento salarial de 6.8 por ciento. ¡Qué revelación! Los empleados rechazaron la propuesta y exigieron un incremento del 10 por ciento, por lo menos. Hacía falta una consulta nacional para descubrir que los trabajadores quieren mejores salarios.
Para semejante hallazgo se convocó a 476 mil empleados y se instalaron 670 casillas en todo el país. Es en serio. Una maquinaria burocrática monumental para confirmar lo que las protestas ya gritaban en las calles: la oferta no convencía.
El problema no es consultar. El problema es confundir una votación con una solución y pretender que organizar urnas equivale a gobernar. Sin embargo, los votos no compran medicamentos, no abastecen hospitales, no mejoran las condiciones laborales ni pagan las cuentas de las familias. Para eso se necesita dinero, capacidad de negociación y voluntad política.
Mientras el discurso oficial presume justicia social, médicos, enfermeras, laboratoristas y trabajadores administrativos tienen que manifestarse para exigir remuneraciones dignas y los insumos necesarios para atender a los pacientes. Esa es la realidad que desmiente la propaganda: quienes sostienen al sistema de salud reciben ofertas que consideran insuficientes y deben presionar para que las autoridades vuelvan a negociar.
La herencia política de López Obrador consiste, en buena medida, en vender las consultas como una patente de legitimidad. Se pregunta, se vota, se anuncia solemnemente el resultado y después la realidad sigue esperando. Los problemas no desaparecen por someterlos a votación, ni las decisiones se vuelven acertadas porque se organicen ceremonias de participación.
Ahora, tras el rechazo de los trabajadores, los sindicalizados solicitan retomar las negociaciones. Es decir, después de gastar tiempo y recursos en confirmar la inconformidad, hay que regresar al lugar donde debió buscarse una solución desde el principio: la mesa de negociación.
La encuesta absurda es aquella que exhibe la incapacidad de quienes deberían resolver los problemas. Después de tantos años de promesas transformadoras, consultar lo obvio y aplazar lo indispensable ya no es democracia ejemplar: es una tomadura de pelo.
Y detrás de las exigencias de trabajadores está el mal servicio de salud para la población.