Hay una pregunta que deberíamos hacernos cada vez que evaluamos a un gobierno: ¿está resolviendo los problemas de la gente o está más preocupado por conservar el poder?
En México, demasiadas veces los problemas públicos terminan convertidos en pleitos entre partidos. Unos buscan culpables, otros defienden al gobierno y, mientras tanto, las familias siguen esperando soluciones.
En Jalisco lo vemos con la crisis del agua. Abrir la llave y tener agua limpia debería ser algo normal, no una preocupación. Sin embargo, miles de familias enfrentan incertidumbre sobre la calidad del agua que llega a sus hogares. El agua limpia no es un favor del gobierno: es un derecho. Y cuando un derecho existe en la ley, pero una familia no puede ejercerlo con seguridad, el gobierno tiene una obligación pendiente.
Lo mismo ocurre con la salud. En el IMSS, las demandas por medicamentos, insumos y mejores condiciones de atención nos recuerdan que detrás de cada problema institucional hay personas que necesitan respuestas. Cuando alguien enferma, no necesita discursos: necesita atención médica.
Ambos casos nos dejan una lección: un gobierno no se mide por lo que promete, sino por cómo mejora la vida de las personas.
Eso es el bien común: poner las necesidades de las familias por encima de los intereses de cualquier partido. Significa administrar bien los recursos, garantizar los servicios básicos y responder cuando la gente lo necesita.
Desde Acción Nacional creemos que la persona debe estar en el centro de la política, no el poder. Por eso, ser oposición significa señalar errores, exigir cuentas y proponer soluciones. No se trata de desear que un gobierno fracase, sino de exigir que la gente no pague las consecuencias de sus fallas.
Las elecciones son parte de la democracia, pero gobernar no puede reducirse a pensar en la siguiente elección. El agua no espera, las enfermedades no esperan y las necesidades de las familias tampoco.
Cuando los políticos convierten los problemas de la gente en una disputa por el poder, la factura la pagan las familias. La política pierde su sentido cuando el poder se convierte en el objetivo y las personas dejan de ser la prioridad. Gobernar es servir. Y servir significa entender que, por encima de cualquier partido, están las personas, su dignidad y su derecho a vivir mejor.